Antes de seguir llenando las paginas de mi diario, quiero advertir que no me interesa que sea perfecto ni tampoco me interesa ser propia, refinada, y bien educada. Asi que, probablemente, estas paginas no seran aptas para menores y/o personas que se ofenden facilmente.
Siempre he pensado que mi vida fue marcada para, y por, el drama. Claro, esto sin yo proponérmelo. Ni que telenovela ni que nada!!
La historia comienza la noche del 6 de septiembre de 19XX. Mi padre trabajaba el tercer turno en una fábrica de dulces muy reconocida, y mi madre miraba una telenovela mientras planchaba. A las pocas horas, ella describe haber comenzado a sentir un dolor tipo cólico. Con solo 23 semanas de embarazo, perfecta salud, y 25 años de edad, por que tendría que ser algo mas?
Mi madre, en ese entonces, no sabía manejar y era de las que le daba pena pedir ayuda a los vecinos pero, tal vez, en esa ocasión hubiera hecho bien en hacerlo. Ella esperaba que mi padre llegara del trabajo para darle de cenar. Mientras tanto, el dolor ya se había vuelto insoportable. Entro al baño y ahí fue que se dio cuenta que estaba sangrando. Dejo que mi papa cenara antes de avisarle que se sentía mal, y necesitaba ir al hospital. Inmediatamente, el corrió a traer el coche y llevarla a la sala de emergencias.
Ni la toalla sanitaria, ni todo el papel higiénico del mundo, podrían haber detenido la cantidad de sangre que le escurría entre las piernas a mi madre. Aun así, el personal del hospital no la atendió hasta que se llenaran los formularios requeridos. Ella se quejaba que no podía respirar bien, pero no le pusieron ni atención, ni mascara de oxigeno. Cuando por fin la pasaron a un cuarto, mi papa se fue a llevar a mi hermana, que solo tenia tres años, a dormir en casa de una vecina. Ya era de madrugada. A mi mama lo único que le dijeron fue que no podían hacer nada, yo ya iba nacer. Pero no fue un parto, en realidad fue lo que, mas bien, es conocido como un aborto espontáneo. La hemorragia, y la falta de oxigeno, eran tan severas que mi madre perdió el conocimiento. Volvió en si, momentáneamente, solo para darse cuenta que la llevaban al quirófano. Le practicarían una cesárea, y su huella dactilar impresa con tinta era el “consentimiento”.
Mi papa regreso, en poco rato, para enterarse que mi madre estaba en la sala de operaciones. Desvelado, agotado, y preocupado, no le quedaba más remedio que esperar noticias.
Nadie pensaría que, días antes, la joven madre fue a su revisión medica, y todo estaba perfectamente bien…